100 años de una vida extraordinaria.

2 08 2016

Profesor: Julio Luis Sánchez Hernández, un ejemplo de vida.

Hace algunas semanas platicando con uno de mis parientes me decía…

Los maestros que tengo más presentes en mi mente son aquellos que fueron duros conmigo, los que fueron exigentes y hasta “golpeadores”, los que me dieron coscorrones y “reglazos” cuando no entendía los temas, los que tenían por ley: “las letras con sangre entran”. Esos son los profesores que más recuerdo, y que son famosos con todos mis compañeros de generación. Esos sí que eran buenos maestros. 

Profesor Julio Luis 7aSí, es verdad, –dije asintiendo con la cabeza-, muchas veces los recuerdos de personas o cosas asociados al dolor son los que llegan más rápidamente a nuestra mente. No obstante yo procuro olvidar los malos ratos que viví siendo estudiante, que igual, haciendo un juicio equilibrado, también sirven para aprender: “lo que nunca debe hacerse”, pero en relación con los maestros yo tengo más presentes a los que actuaban con una estrategia distinta. Los que en lugar de utilizar los golpes, que en aquellos años eran muy frecuentes tanto en las escuelas como en los hogares, mejor trataban de convencerte con palabras acerca de rectificar lo que estaba mal en ti, a los que toleraban las bromas a veces pesadas de jóvenes en plena etapa de inconciencia y que en lugar de utilizar medidas drásticas mejor te aconsejaban, a los que anotaban un punto malo en su bitácora por haberte sorprendido en algún acto equivocado, pero que jamás lo descontaban de tu calificación final.

-Terminé diciendo…

Esos son los maestros que más recuerdo, como es el caso del profesor Julio Luis, un maestro que tuve en la escuela secundaria, a quien considero el mejor profesor con el que pude coincidir en tiempo y espacio siendo estudiante, por supuesto sin demeritar lo que los demás, a su manera, hicieron por educarme.

Recuerdo una anécdota.

Profesor Julio Luis 6Cierta ocasión el profesor Julio Luis, al calificar un examen que nos había aplicado, descubrió que Felipe (Felipe de Jesús Rodríguez Preciado), el alumno sobresaliente de la clase -y de la escuela-, (espero no herir la sensibilidad de otros de mis compañeros que también destacaban), ¡había cometido un error!, no recuerdo cuál porque equivocarse no era cosa de él, sí del resto. ¡Ja!. Pues bien, por el error cometido obtuvo un nueve de calificación. Los de mayor edad del grupo, que se divertían con los de menor edad (Felipe y otros más, incluido yo), al enterarse del suceso aprovecharon la oportunidad de su “baja” calificación para provocarlo a que le reclamara al profesor Julio Luis por tan “penoso” resultado, le dijeron: “¿Cómo es posible que el profe te haya puesto un nueve si tú siempre sacas diez?, y además… ya estamos en tercero: ¿te vas a ir de la escuela sin decir ninguna mala palabra frente a él?”. Entonces Felipe, debidamente estimulado (o “carreteado” que es lo mismo), sabedor de que el profesor Julio Luis era ENEMIGO ACÉRRIMO de las palabras altisonantes, groseras o vulgares, se dirigió a él y le dijo: No sea “gacho” profe, póngame un diez. El profesor Julio Luis, herido en su sensibilidad por saberse calificado con la vulgarísima palabra “gacho”, proveniente de la boca del más aplicado de los estudiantes, sentado como estaba observando sus registros personales, levantó su cabeza para decir con voz desconsolada, entre triste y molesto: “¿Tú también Felipe?”. ¡Ja! Quedó claro que el profesor Julio Luis ya nos tenía a todos bien medidos, y por supuesto que tenía razón en su concepto personal de cada uno de nosotros, pero bueno… al final del curso, después de la orientación debida, Felipe fue “perdonado” por la ofensa proferida y obtuvo su diez -normal- de calificación.

Así era el profesor Julio Luis en la escuela, un hombre que toleraba y educaba con palabras, un maestro que en lugar de forzar el aprendizaje con métodos controvertidos mejor dejaba que éste fluyera en la sana convivencia.

Con los años la vida me llevó a estar del otro lado del salón, frente a grupo, e igual siguiendo el ejemplo del profesor Julio Luis, siendo yo maestro en una institución del nivel medio superior (bachillerato), atendiendo algunas veces a grupos desordenados (o desorientados que es lo mismo), también he puesto puntos malos a los jóvenes que se pasan “de la raya”, con la diferencia de que yo SÍ se los descuento de su calificación final, por lo demás procuro seguir la imagen del profesor Julio Luis, aunque sé que me será imposible alcanzar su nivel.

Publíco una fotografía de cuando fue mi graduación en la secundaria, lugar en donde el profesor Julio Luis impartió clases, llamada en aquel entonces E.T.A. No. 42, de Las Varas, Nay. En ella, justamente cuando estoy saludándolo el fotógrafo pulsó el botón de su cámara. Me parece ahora -así lo siento-, que en ese instante quedó sellado mi destino.

GraduaciónSecundaria ETA 42

Jamás pensé que ser maestro fuera tan complicado y agradable a la vez, esta dualidad es la que hace la magia del oficio. No fue sino hasta que estuve frente a grupo que comprendí lo trascendental del quehacer de un profesor, por ello, me da gusto serlo todavía y dedicarle al profesor Julio Luis aunque sea este breve escrito con toda mi admiración, cariño, respeto y aprecio por su trabajo, dirigido al maestro no solo de profesión sino de vocación, como es él, del cual podría jurar que llegó a este mundo sólo para ser mentor. Es el único caso que he visto en mi vida -y no creo poder ver otro-, del que estoy absolutamente seguro que su destino no podía ser otro más que el de ser maestro, y como tal cumplió cabalmente su misión en la escuela, y más allá lo hizo ejemplarmente.

La gente a veces busca figuras importantes en lugares lejanos, remotos, admira a personajes clásicos llenos de sabiduría y repite con énfasis sus pensamientos e ideas, no se detienen a reflexionar la dimensión de las personas que tienen cerca, en sus propias ciudades, estados, o en su país, que bien podrían alcanzar el estatus de héroes. 

¡Felicidades Maestro Julio Luis por sus 100 años de vida!. No pude estar en la celebración de su cumpleaños, pero desde esta tierra conocida como: “El Pueblo de la Fiesta Eterna” le deseo de todo corazón que lo haya pasado feliz en compañía de su familia, amigos y ex-alumnos. Le envío un fuerte y cordial abrazo con mis mejores deseos.

Ing. I. Guerrero Z.

Primera Generación de Alumnos de la E.T.A. No. 42

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6 08 2016
claudio hernandez aguilar

excelente reflexión sobre el maestro julio, hoy en día somos pocos por vocación, tratamos de ser lo mejor dentro del aula, nuestra sociedad nos lo reclama día a día… en hora buena saludos

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