El puente de Beltrán.

20 05 2007

Cierta vez se reunieron varios colegas docentes en algún lugar del Estado de Colima, según ellos ‘santamente’ para compartir ‘el pan y la sal’. Obviamente la cosa no tenía por que ser tan religiosa y empezaron a ingerir, en lugar de vino tinto de consagrar, unos cuantos tequilas acompañados de unas sabrosas botanas.

La convivencia empezó temprano en la tarde y se prolongó hasta llegar la oscuridad, de tal manera que la hora de regresar al amado terruño Tuxpan, Jalisco, “el pueblo de la fiesta eterna”, se hizo presente, por lo que varios de ellos subieron a un automóvil. El menos “mareado” que era el propietario del vehículo hizo de “conductor designado”.

Ya en el camino, entre risas, música de Pepe Aguilar, cantos a capela, pláticas y uno que otro grito de “Ajuaaaa”, el silencio llegó… ¿el silencio?, bueno… el único que no paraba de hablar era un robusto compañero, el cual salía de un tema y entraba a otro, luego regresaba al primero y así sucesivamente. Duró mucho tiempo con su bla-bla-bla, tanto, que terminó por enfadar a otro de los colegas, reclamándole que se callara.

Un poco antes de llegar a Tuxpan por la autopista de cuota está el “puente de Beltrán”, cuya altura de más de cien metros lo clasificó durante varios meses como el puente más alto de México.

Ya casi para llegar al “puente de Beltrán” crecieron las diferencias entre el hablantín y el otro colega. El que iba manejando, simplemente se sumió en sus pensamientos y dejó que los otros dos arreglaran sus disgustos que ya eran grandes en ese momento.

Entre “dimes y diretes” de los dos colegas continuó el trayecto, hasta que el que le reclamó al parlanchín le gritó al conductor al llegar al puente de Beltrán al mismo tiempo que intentaba sujetar el volante del automóvil.

-¡¡¡Párate!!!, ¡¡¡Detén el coche aquí en el mirador del puente!!! -gritó fuerte.

-¿Para qué? -contestó el conductor.

-¡¡¡Voy a echar abajo a este latoso!!!

-¡Ah! ¿¡Cómo crees!?

-¡¡En serio, lo voy a lanzar del puente!!, ¡¡ya me hartó!!

Obviamente el conductor no hizo caso y pasaron por el puente de Beltrán sin pena ni gloria.

Así llegaron al suelo que los vio nacer y después de “repartirlos” en sus casas el colega piloto se dirigió a la suya a descansar.

Pasado algún tiempo, recordando el evento le preguntaban al colega piloto respecto de las malas intenciones del que quería aventar al compañero robusto en el puente de Beltrán. Le decían:

-¿Qué hubiera pasado si te hubieras detenido?

-Nada. -Contestaba el colega piloto y agregaba: -Con lo pesado que está ni siquiera entre los cuatro hubiéramos podido bajarlo del automóvil.

-¿Ni rodando?

-Bueno… así sí, pero para levantarlo hasta librar la barrera de protección del puente y echarlo abajo hubiera sido imposible.

-Sí. Es verdad-, hubiera sido toda una hazaña. -Concluían todos.


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