“Los taquitos de la estación”.
Uno de los múltiples platillos de nuestra cocina regional, originario de esta ciudad, son los llamados “taquitos de la estación” o “taquitos tuxpeños”. Se les llama así porque muchas personas acudían a venderlos a la estación del tren de pasajeros que regularmente pasaba por aquí (ahora solo pasan trenes de carga que vienen de Colima llevando en sus vagones pequeñas bolas de metal llamadas “pellets” que son la materia prima de las fundidoras de Monterrey, Nuevo León). Aunque ya no pasan trenes de pasajeros de todos modos los vendedores de “taquitos de la estación” siguen haciéndolos y vendiéndolos en la población.
Hace ya varios años en los que por razones de trabajo no podía acudir a mi casa a almorzar (en provincia es una ventaja tener cerca todo), me reunía con varios compañeros e íbamos por la mañana -más o menos a las diez- a la cafetería de la escuela o a alguna de las diferentes fondas ubicadas frente a ella. A veces comíamos tortas, otras tacos de carne asada, “huevos al gusto”, hamburguesas, etc.
En una ocasión en la que ya nos disponíamos a ir a la cafetería a ingerir nuestros “sagrados alimentos” llegó un niño con una pequeña canasta vendiendo “taquitos de la estación”. La primera vez nadie se interesó, pero en los siguientes días uno de mis colegas finalmente le compró algunos, le gustaron y empezó a hacerles publicidad. El caso es que los demás también empezamos a consumirlos comprobando que de verdad tenían muy buen sabor y acompañados con una coca-cola bien helada sabían mucho mejor todavía.
El pequeño de los “taquitos de la estación” se hizo famoso con el grupo de trabajadores que almorzábamos en el CBTis 70, prácticamente terminábamos con la canasta de taquitos. El compañero que los celebraba a más no poder era Don Luís Castrejón: “que si los taquitos de la estación que trae el niño tienen el condimento exacto”, “que si estaban bien calientitos”, “que si estaban bien suavecitos”, “que si estaban grasositos”, “que si la carne que tenían se deshacía de blandita”, etc. etc. etc. Estos taquitos de la estación que trae el niño -decía don Luis alegremente- son una maravilla y tenía razón.
No recuerdo cuantas veces comimos esos deliciosos taquitos, hasta que un día…
A don Luis se le ocurrió abrir uno y encontró algo más que un trozo de carne, recuerdo que con voz lastimosa le dijo al pequeño de los taquitos:
¡Ay mi niño… mira lo que encontré en el taco!
¡Una pequeña cucaracha! perfectamente camuflada en el adobo de la carne.
El menor que tendría unos diez años de edad solo sonrió tímidamente.
Los demás, al darse cuenta del descubrimiento de don Luis revisaron los suyos y en menos tiempo del que tarda un político en inventar una mentira alguien exclamó ¡Acá está otra! ¡Y otra! ¡Y otra!…
Cuando me dispuse a revisar los dos que me quedaban le pedí a Dios no encontrar ninguna, pero ¡maldita mi suerte! en el primero que abrí encontré dos pequeñitas, el otro ya ni lo abrí, no fuera a ser que en lugar de la carne estuviera la mamá o el papá de las cucarachitas… Tuve que darle unos buenos tragos a mi coca-cola bien helada para calmar mi estómago que ya empezaba a revolverse y pensar positivamente diciéndome que a lo mejor los cuatro que me comí estaban limpios de esos indeseables insectos.
Ahí terminó la celebración de los taquitos, se acabaron las risas, todo fue desánimo, se los pagamos al pequeño porque se veía que era una personita humilde y no volvimos a saber más de él, de la pena ya no volvió más a la escuela. Ese día se terminó el negocio del niño de los “taquitos de la estación”, por lo menos en el CBTis 70, quien sabe si se iría a otro lugar.
Después del trauma inicial de la ingesta de cucarachas con el tiempo bromeándonos nos preguntábamos todos ¿Cómo es que nadie notó ningún sabor extraño en los taquitos? ¿Acaso las malditas cucarachas adobadas les daban el buen sabor que tenían? Hmmmmm… quien sabe…
Como resultado de esa desagradable experiencia, ahora, antes de comer unos sabrosos “taquitos de la estación”, en el lugar que sea tengo la costumbre de abrirlos para ver si tienen algo más que carne o frijol. Seguro que quienes los venden al ver la “inspección visual” que hago de su producto pensarán que es para ver si son de una cosa u otra, ¡Ja!, no saben que busco algo más. Ahora bien, en deslinde de las personas que los venden debo decir que NUNCA después de esa vez he encontrado nada extraño o ajeno al contenido normal, por mucho que los he comido en diferentes lugares.

















































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